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  Matarile Teatro · Animales Artificiales · Baltasar Partiño  
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MÁLAGA HOY

Nietzsche y el conejo a la pimienta
Matarile propone una vertiginosa experiencia escénica con un argumento teatral puro; un éxito que puede apuntarse el festival, productor a la sazón del invento

Qué quieren que les diga, me encanta el teatro. Uno de los motivos principales es que se trata de una de las pocas expresiones artísticas, quizá la única, que obligan a salir de casa e ir al teatro. En su mansión uno puede descargarse la música que le apetezca, ver su película favorita en el home cinema, leer un libro trasladado a alguno de los nuevos soportes digitales (o pertenecer al Círculo de Lectores, que también exime a muchos de ira la librería o la biblioteca) y hasta tener una pinacoteca de incalculable valor. Pero el teatro se hace en su sitio, y allí hay que ir a verlo. Sin embargo, ocurre que los espectáculos más esencialmente teatrales, los que presentan un contenido y una estética que sólo pueden ser materializados a través del lenguaje teatral, son cada vez más raros: muy a menudo, lo que se ve puede llevarse a (o ha nacido previamente de) un relato, un largometraje, un cuadro u otra construcción cultural. Animales artificiales, la nueva creación de Ana Vallés, permite al espectador, en cambio, asistir a una experiencia escénica absoluta, y aquí se encuentra gran parte de su valor: el que confiere su sentido, su singularidad y su unicidad al teatro.

Claro, la representación del hombre como criatura natural capaz de la artificialidad de su entorno parece más propicia al teatro que a cualquiera otra de las bellas artes. Y Matarile ha creado un mundo libre, esto es, con sus propias leyes, en el que este hombre se manifiesta tal cual, sin intermediarios ni hermenéuticas cansinas. Con el recuerdo puesto en Historia natural, el anterior espectáculo del grupo (que pudo verse en Málaga hace un par de años), puede concluirse que la indagación de Ana Vallés no sólo va por muy buen camino, sino que puede dar en el futuro algunas de las sorpresas más regeneradoras del panorama escénico europeo. Más que un laboratorio, Matarile es una cocina que se ríe de sí misma y en la que, como quiere una actriz, el conejo a la pimienta sale riquísimo. Animales artificiales guiña a Beckett, y quizá al irlandés se le habría ocurrido algo parecido de haber tenido un buen día. El registro absurdo que se consigue presentando a hombres actuando como tales ocurre aquí vivo y sincero, lo que merece todas las matrículas. Los mejores momentos del montaje, en consecuencia, son los más dotados de humor, y éstos, a su vez, tienen que ver con la construcción de los personajes, con caracteres empleados como condimentos, condiciones como salazones. Sísifo feliz. El guiso se acerca, alegría, a la filosofía, signo del mejor teatro: Nietzsche (acertadísima la inclusión de su reflexión sobre la vanidad de la palabra), Descartes y Schopenhauer son teatro. Y parodia. Y yo quisiera.

.PABLO BUJALANCE

 

 

 

 

LA OPINIÓN DE MÁLAGA

RETRATO CORAL DE DRAMAS HUMANOS


 ‘ANIMALES ARTIFICIALES’
Compañía : Matarile Teatro
Idea original y dirección: Ana Vallés
Intervienes: Ana Vallés, Helen Bertels, Mauricio Gónzalez, José Campanari, Ricardo Santana, Mónica García, Iván Marcos, Ramón Vázquez, Hugo Portas
Fecha y lugar: 1 y 2 de febrero, Teatro Alameda

EL XXV Festival de Teatro de Málaga tiene el acierto de buscar entre los mejores espectáculos internacionales a ofrecer, además de agenciarse el honor de conquistar para su programación destacados estrenos de nivel nacional. Así los gallegos de Matarile Teatro en coproducción con el festival malagueño nos han brindado en primicia la premiere de ‘Animales Artificiales’.
Un espectáculo que a ciencia cierta no deja indiferente. Un estilo narrativo fuera de los cánones estereotipados donde la dramaturgia tiene un inicio claro que plantea un problema que se resulve. No, aquí la creadora propone un retrato coral de personajes que hacen su presentación complicándose aún más con un lenguaje metafórico. No existen los símbolos, se trata de la presentación de atmósferas más o menos lúdicas, más o menos opresivas, pero siempre inpactantes y sorprendentes, donde el actor forma parte de ese espejo sobre el que contemplar imágenes, que aompañadas de texto, de palabra, de movimiento, nos sugieren a un ser humano, o más bien a un montón de humanidades.
Tipos que nunca terminan de desarrollar su conflicto porque siempre se ve interrumpido, superpuesto, por otro nuevo, porque lo importante no es la presentación de un individuo sino de la colectividad. Un conjunto de micrrocosmos que forman el gran macrocosmo donde el hombre busca diluirse tratando de mimetizarse con los demás aunque esto suponga perder su propia identidad.
Sorpresas. Transformarse en lo que no se es originalmente o en lo que ‘corresponde’ por educación o por necesidades sociales. Un espectáculo lleno de sorpresas y sobre todo de trabajo de artistas. Las habilidades particulares de cada actor están plenamente integradas por la dirección que adopta una frescura interpretativa, una naturalidad extrema, que llevaría a pensar que la improvisación está por encima de la disciplina.
Las composiciones coreográficas son de gran belleza, las evoluciones grupales y el movimiento escénico, junto a la puesta en escena premeditadamente destartalada, proporcionan la atmósfera onírica que pretende la parábola del espectáculo. Los actores, plenamente integrados como grupo, demuestran una alta calidad en su responsabilidad.
Y la información está en la totalidad del paisaje, del lienzo, en un espectáculo vivaz y novedoso. Seguramente una función que agrada más a unos que a otros, pero que el que elija el sí, habrá ganado en disfrutar del lenguaje teatral.

Paco Inestrosa

 

 

 

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Madrid Teatro

.Animales Artificiales, El mejor humor de Matarile.

Animales Artificiales es un espectáculo lleno de lozanía. Matarile recupera con este trabajo su mejor humor y su capacidad de sorprender. Después de un espectáculo más grave y desengañado, como Truenos & Misterios, o de la colaboración de Ana Vallés con el Teatro de la Abadía con Me acordaré de todos vosotros, la compañía regresa al tono festivo, agudo e irónico que ha inspirado quizás sus mejores logros. Sin embargo, no hay una renuncia a la reflexión y el pensamiento que late tras esta última entrega del grupo es sutil, pero elaborado y complejo.
Texto de diversa procedencia - Knapp o Enric González- se entremezclan con los de Ana Vallés y con las aportaciones de los intérpretes en un discurso lúcido, divertido, provocador, y coherente a un tiempo. La dialéctica entre lo natural y lo artificial, la conciencia de la propia limitación y de la condición efímera de personas y cosas, la vulnerabilidad del cuerpo y del espíritu, la indulgencia burlesca con las obsesiones y manías que se configuran los respectivos modos de ser, la invisibilidad de los unos para los otros y la facilidad, inquietante o tranquilizadora, para la transmutación, el intercambio, el desplazamiento o la confusión de los supuestos elementos constitutivos de la personalidad son algunos de los motivos sobre los que se compone este espectáculo.
Estos motivos se desarrollan desde el lenguaje singular y brillante de Ana Vallés, que responde a la expresión exigida por los temas a los que hacíamos referencia, hasta tal punto que parece establecer un criterio de necesidad en las relaciones entre el contenido del discurso y la forma dramática. La fragmentariedad, las interrupciones, los cambios inopinados, la superposición de acciones, los disfraces y caracterizaciones o las diversas transmutaciones no son soluciones ingeniosas de eficacia escénica, o no lo son preferentemente, sino, sobre todo, expresión teatral de una manera de percibir el mundo. Las rupturas de las series establecidas, las continuidades de líneas de acción o de discurso, mucho más allá de lo previsible o lo razonable, o las recurrencias tenaces remiten irónicamente en algunos momentos a las consideraciones de  Bergson sobre la risa, que , según el pensador francés, se logra con lo mecánico calcado sobre lo vivo. Y, si bien este concepto del humor conviene al quehacer de Mataraile en su conjunto, nunca ha tenido mejor cabida que en este espectáculo, que dilucida precisamente las relaciones y los límites entre artificio y naturaleza, que son los equivalentes de los términos bergsonianos relativos a lo mecánico y a lo vivo. El tránsito inesperado de uno a otro, con su consecuencia de fracturas bruscas o de obstinadas acciones resulta tan cómico como inquietante.
Como en anteriroes trabajos, la propuesta de Matarile libera a los actores de la coerción del personaje y los convierte en actuantes, en creadores de momentos y situaciones reveladores de sí mismos en un juego que genera tentativas truncadas o sugestivos paralelismos entre acciones dispersas que coexisten extrañamente, pero con naturalidad, aparente o real, sobre el escenario. Contribuye eficazmente a ello otra de las señas de identidad de la compañía: la convivencia de músicos, cantantes, bailarines y actores, cuya labor no necesariamente se reduce al ámbito de su supuesta especialidad. Y es encomiable el grado de compromiso asumido por todos ellos en la tarea, que conduce a esa sensación de proceso inacabado, pero irrenunciable - un lejano parentesco de esta actitud podría buscarse en Bernhard- que ejecutan incesantemente los actuantes, solos o con la compañía ocasional de otros miembros del elenco.
En el lenguaje verbal, lo familiar y lo coloquial conviven con lo científico, lo literario o lo filosófico, casi sin solución de continuidad, lo que ocasiona soliloquios y diálogos memorables, como algunas de las intervenciones de Ana Vallés o el monólogo de los melones de Helen Bertels. Y en el lenguaje escénico los géneros y estilos se solapan y superponen constantemente. La amplitud del escenario del Teatro Fernán Gómez ha posibilidado soluciones y juegos espaciales impensables en alguno de los lugares en los que se presentaron algunos de los trabajos anteriores. La disposición de los objetos y de los desplazamientos de los actuantes sobre el escenario es más rica y se recurre más a la ruptura de la cuarta pared, con salidas y regresos de los intérpretes a través del patio de butacas.
Desde estos procedimientos de trabajo, Animales Artificiales ofrece momentos e imágenes de gran originalidad, potencia y belleza, con guiños a algunos referentes plásticos, musicales o literarios, y también a otros espetáculos de Matarile. Si hubiera que recordar uno sólo, nos quedaríamos con la danza que ejecuta Monica García con la sola música de un inacabable monólogo de José Campanari, quien sigue hablando indiferente a todo después de haber abandonado el escenario y deambular sin rumbo por el patio de butacas. Pero cabría recordar también la eficacia de objetos como el taburete o el sofá, los juegos de caretas, pelucas o indumentaria. Sin duda en la memoria de otros espectadores habrán permanecido otras imágenes u otros fragmentos.


Eduardo Pérez-Rasilla

 

 

 

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M25. MENOS 25

.ANIMALES ARTIFICIALES, sobre la empatía y el equilibrio.

Ana Vallés y la prestigiosa compañía Matarile Teatro, fundada en Santiago de Compostela hace ya más de dos décadas, nos proponen adentrarnos en su laboratorio teatral en busca de respuestas, o mejor dicho, interrogantes nuevos, acerca de una de las controversias más exploradas de la humanidad: la necesidad de un pacto social y las restricciones impuestas a los deseos que la aceptación de este exige.

Esta dicotomía irreductible no siempre se nos hace patente consciente y racionalmente pero es la causa de buena parte del malestar social que padecemos. Sufrimos por no lograr nuestros deseos y nos castigamos por tenerlos.

La obra, puesta en pie a través de un absurdo que recuerda a Beckett, conjuga los distintos lenguajes escénicos  -danza, teatro, música y silencio- en esta creación de laboratorio (entendamos por laboratorio nuestra sociedad) e investigación escénica que fue una de las triunfadoras de la pasada edición del festival de teatro de Málaga.

Animales Artificiales está perfectamente articulada y estructurada sin que esto la convierta en un corsé inamovible. Un equilibrio perfecto, y por ende, inestable, entre la norma y el deseo, que al fin y al cabo es la pelea que se está librando en escena.

 

 

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ARTEZ

.Equilibrio entre la animalidad y la artificialidad.

Ana Vallés crea y dirige 'Animales artificiales'

La última producción de la compañía Matarile Teatro creada y dirigida por Ana Vallés, llega al teatro Liceo de Salamanca el 26 de abril. Animales artificiales lleva por nombre esta obra en la que tiene cabida la interpretación, la danza y la música. Poco convencional sería el término para describir este nuevo espectáculo, que es acorde con las creaciones de la compañía, tal y como ha comentado la propia Ana Vallés "yo no hago nunca un teatro basado en un texto literario previo, aunque hay varios textos, se utilizan de forma asociativa, o tratando de que se asocien diferentes lenguajes teatrales". De esta manera, la obra, no cuenta una historia de principio a fin, sino que busca mostrar unas situaciones que se viven en la cotidianidad de cada día.

Los personajes que toman los nombres de la alemana y los melones, el hombre con lámpara, el bicho con zapatos rojos, el cisne con sombrero, el inglés con gabardina y la mujer con bigote acompañados por Hugo Portas a la tuba y el contratenor Ramón Vázquez aparecerán en un escenario que cuenta con mobiliario de interior, como pueden ser sillas o sofás, pero que la propia directora ha calificado como un "paisaje interior, porque yo creo que se refleja la idea de paisaje habitada por una serie de bichos raros. Un espacio polisémico que propicia muchas lecturas". Animales artificiales parte de lo que queda de la animalidad de cada uno, "el equilibrio entre nuestra animalidad y el artificio del espacio compartido en el que habitamos, de los espacios creados con sus normas consiguientes y convenciones de comportamiento". De esto trata la obra, más allá de una narración lineal, sobre escena se juega con la paradoja, por un lado, de una supuesta bondad presente en la naturaleza y, por otro, la convivencia que se da gracias a una serie de normas artificiales que son las que han desarrollado la personalidad de cada uno. "En resumidas cuentas -continua Vallés- lo que somos, lo que ha desarrollado el arte, la cultura, la búsqueda de la belleza, la filosofía, la moral, nada de lo que somos hubiera existido si no hubiéramos luchado contra lo natural. Cualquier acto de creación es un acto de artificiosidad, es como el equilibrio entre la pasión y la razón".

Interpretación abierta

El trabajo de la directora siempre ha estado muy ligado a la propia personalidad de los actores, "me gusta mezclar edades diferentes, culturas diferentes para que de alguna manera haya un reflejo de lo que vivimos". De ahí que el trabajo haya sido muy interactivo entre todas las partes, partiendo de unas bases muy concretas pero que a la vez están abiertas por medio de la improvisación y la interacción de los integrantes del proyecto, hasta llegar a crear lo que se lleva a escena, que acaba siendo muy medido, pero tal y como ha explicado Ana Vallés, "lo que sí hay es mucha libertad en cuanto a la interpretación en sí, es decir, no está medido cada movimiento, cada palabra. A mi me gusta que surja el tropiezo, la contestación, la interactuación, pero eso no quita que esté todo muy ceñido a una estructura". Animales artificiales no pretende ser una obra de teatro al uso, sino que la idea de la autora es que el público la mire como a otro tipo de arte, como puede ser la música o la fotografía. En estas disciplinas no se cuenta lo que se ve, y tampoco se lo pregunta el espectador, "a mi me parece que no hay que dirigir la mirada del espectador, simplemente hay que mostrar".

.Eider Suso.

 

 

 

 

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UNIVERSIDAD EUROPEA DE MADRID

.Animales artificiales (Matarile Teatro).

Un trozo de celuloide. Un escenario. Una declaración de intenciones.

Me dejo caer de manera improvisada por la última de Matarile Teatro con ganas de ver qué ha montado Ana Vallés y qué se cuece por las cocinas del Fernán Gómez (que lleva una racha, todo hay que decirlo, de primera). Mi primera sorpresa es la facilidad con la que los chicos de Matarile han montado un puchero de creación teatral en el que los distintos códigos textuales se compenetran y se ordenan entre ellos. La segunda sorpresa es ver una obra en la que los actores disfrutan como niños encima del escenario.

Vallés suele hablar en sus entrevistas de la importancia del actor, de su método de trabajo con ellos y de cómo les deja crecer dentro del texto. En ese sentido, "Animales artificiales" es precisamente una lección de cómo una compañía puede llegar a funcionar como una maquinaria bien engrasada, como un ferrocarril que conociera su destino y se dirigiera hacia él con gran facilidad y determinación. Es difícil encontrar una representación con nueve actores y que se respire semejante aire de complicidad, semejante idea de "equipo" en el mejor sentido de la palabra. Lo que, por si fuera poco, me hace pensar que Vallés no sólo es una creadora de muy buen nivel (y con muchas posibilidades en un futuro no muy lejano), sino que además es una directora coherente que no sólo airea una metodología para la prensa sino que además la practica encima del escenario.

Algunas cosas flojean en "Animales artificiales" (especialmente a nivel conceptual, pero la propia Vallés se encarga de decir sobre el escenario que el nivel conceptual le importa bien poco) pero al final se puede salir del teatro con una buena sensación, con la idea de haber asistido a una gamberrada de primera, una burla teatrera llena de sentido y con gran capacidad de exploración. Es una obra que tiene validez en sí misma pero que al mismo tiempo se ofrece como una paleta de posibilidades crujientes, un "qué hubiera pasado si jugaramos a...". Habrá que seguir muy de cerca a esta chica, y ya de paso, habrá que seguir confiando en los programadores del Fernán Gómez.

 

 

 

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SOITU.ES

.TEATRO. Animales artificiales. "Antinatural por naturaleza".

Creación y dirección: Ana Vallés. Con: Helen Bertels, José Campanari, Mónica García, Mauricio González, Iván Marcos, Ricardo Santana, Ana Vallés y Hugo Portas. Voz contratenor: Ramón Vázquez.: Espacio escénico e iluminación: Baltasar Patiño. Madrid. Teatro Fernán Gómez. 12 de mayo de 2008.

Como sugiere el título que encabeza este comentario, extraído de una de las múltiples disquisiciones sobre la naturaleza humana en las que ocasionalmente se enzarzan los protagonistas de Animales artificiales, todo este espectáculo va enderezado a resaltar la maraña de paradojas, o sería mejor decir de dislates, o de despropósitos, que so capa de normas de conducta comúnmente aceptadas, determinan nuestro comportamiento cotidiano dándole un barniz de falsa respetabilidad a cambio de coartar nuestra espontaneidad y las manifestaciones libres de un cierta inclinación innata para el placer, para el juego y para la exteriorización de lo instintivo.

Pero no hay que alarmarse; los pasajes dialogados sólo ocupan sólo un lugar secundario en el teatro de Ana Vallés, y se sirve de ellos para parodiar la solemnidad de los discursos de "profundo" calado filosófico, a la vez que actúan de contrapunto jocoso, de antítesis de los mensajes cifrados en clave de imágenes, de una plasticidad fresca, rozagante, que son el núcleo esencial de la pieza que comentamos. Porque Ana Vallés es sobre todo una creadora de ambientes (como ya tiene acreditado en sus anteriores montajes), que en esta ocasión sume a la escena en una densa atmósfera onírica a mitad de camino entre las imágenes surrealistas de Buñuel y las fantasías circenses de Fellini, convirtiendo a sus personajes en figuras del sueño o del subconsciente, a las que un geniecillo caprichoso y burlón sometiera a deformaciones grotescas en un intento de poner a prueba nuestros hábitos perceptivos y nuestra maltrecha capacidad de asombro.

Haciendo gala de una extraordinaria libertad compositiva, la obra se articula en una serie de acciones o cuadros que vienen a representar de manera desenfadada y un tanto caótica las escaramuzas del pensamiento racional para imponer su criterio: las infructuosas tentativas del "Cisne con sobrero" para instruir al chimpancé, o las de la "Payasa del taburete" por escapar "al abrazo del desnudo". Una racionalidad de salón, en cualquier caso, nostálgica del decadente glamour de una aria de ópera, del mustio y desvaído aroma que destila un número de music hall, o del patético y ridículo ritual del five o'clock tea.

¿Provocación? ¿Trasgresión? ¿Irreverencia? algo de ello hay en este montaje de Ana Vallés; pero sobre todo ironía, parodia de las formas vicarias de una cultura elitista que cierra los cuerpos y las mentes a una genuina y abierta relación con nuestro ser más intimo y con nuestros semejantes. Una crítica que nunca es agria o violenta, antes bien proviene de una mirada indulgente y comprensiva de la naturaleza humana. Un espectáculo, en fin, hecho de imágenes, que apela -como en ocasiones anteriores- a la fibra sensorial del espectador y a su dimensión imaginativa, y que encierra una nada desdeñable carga de energía liberadora.

Gordon Craig. 14-V-08

 

 

 

 

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