Un científico, un maestrillo de escuela y actor,
un bailarín y licorero, el profesor, y yo.
Nos asomamos a un balcón y, ahí abajo, esos seres que fuimos,
un desfile de datos no escritos -la piel no se escribe-
aparentemente inservibles pero no olvidados.
Eliminado el decorado y extraídos de su entorno -una fábrica de coches,
un ballet nacional, una escuela,
un taller de marionetas o un laboratorio de universidad-,
trasladados a un escenario
y vistos ahora desde la barrera,
diseccionados ante el patio de butacas,
estos personajes no son más que productos atónitos de ALGO
-llamémosle historia, cultura, familia, tiempo-
que no han podido o no han sabido controlar.
¡Y que se les ha ido de las manos! |